Camino de Santiago 2006
El verano pasado hice un viaje en bicicleta desde Mérida hasta Santiago de Compostela, el Camino de Santiago. Fui con otros dos compañeros, Alberto y Javi. Fue una aventura inolvidable. Iré añadiendo poco a poco todas las entradas del diario.
Me llevé la PPC a modo de agenda para ir apuntando lo que hacía al final de la jornada. Podéis ver las fotos del camino aquí (usuario “invitado” clave “invitado”).
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Índice:
- Día 12, Mérida
- Día 13, Mérida - Cáceres
- Día 14, Cáceres - Casar de Cáceres
- Día 15, Casar de Cáceres - Galisteo
- Día 16, Galisteo - Aldeanueva del Camino - Peromingo
- Día 17, Descansando en Peromingo
- Día 18, Peromingo - Salamanca
- Día 19, Salamanca - Zamora (No disponible)
- Día 20, Zamora - Tábara (No disponible)
- Día 21, Tábara - Mombuey (No disponible)
- Día 22, Mombuey - Puebla de Sanabria (No disponible)
- Día 23, Puebla de Sanabria - A Gudiña (No disponible)
- Día 24, A Gudiña - A Xunqueira (No disponible)
- Día 25, A Xunqueira - Cea (No disponible)
- Día 26, Cea - Santiago de Compostela (No disponible)
- Día 27, Santiago de Compostela y regreso a casa (No disponible)
- Dia 12: Merida
Salimos de Badajoz con mi padre al volante del polo y la bicicleta de Alberto cargada en el portabicis. Son las 20:20 y se inicia nuestra aventura.A las 21:15 llegamos a Mérida y fuimos a casa de mi amigo Esteban para recoger mi bicicleta que se la había llevado el viernes por la mañana cuando fui al trabajo. Esteban nos comenta que hay un albergue recién restaurado a orillas del río Guadiana, pero que es algo pequeño. Así que cargamos mi bici en el polo y salimos a buscar dicho albergue.
Después de un par de vueltas y de preguntar a 3 paisanos, encontramos finalmente el “Albergue del pan caliente”, bajando unas escaleritas y situado junto a un parque muy bonito. Le preguntamos al encargado si nos podemos quedar con 2 bicicletas y nos dice que sí. Entonces volvemos arriba donde nos esperaba mi padre con el polo cargado con las bicis y le digo que ya hemos encontrado alojamiento. Nos despedimos de mi padre ya con las bicis y las alforjas en la acera y nos quedamos sólos. Mi padre arranca y se marcha, pero a los 2 minutos me doy cuenta que se me ha olvidado coger el candado del maletero, así que llamo a mi padre y le digo que se de la vuelta. Bien, a los 5 minutos ya teníamos también el candado. Me vuelvo a despedir de mi padre y esta vez sí, nuestra aventura da comienzo.
Ya eran casi las 10 de la noche y no habíamos cenado, así que le preguntamos al encargado hasta qué hora podemos estar deambulando por ahí. Nos dice que hasta las 10, pero que si no tardamos mucho nos espera hasta las 10 y media. Le preguntamos por un bar para tomar un bocadillo pero antes nos selló la credencial del peregrino y pagamos los 6 euracos que nos costó el albergue. Fuimos por los bocadillos y nos los trajimos de vuelta para tomarlos en la puerta del albergue. Al acabar, nos metimos y lo dejamos todo preparadito para el día siguiente.
La noche fue infernal. Hacía un calor espantoso y no pudimos conciliar el sueño. Los chorretones de sudor nos recorrían todo el cuerpo. Nos quedamos en gallumbos y ni aún asi. Para colmo, las ventanas tenían mosquiteras con lo cual no corría una brizna de aire. De repente, en una de las 15 ó 20 literas que había, con todo el mundo en silencio, alguien se tiró un pedo, pero no uno silencioso, no, un pedo rasgador de buena intensidad. Después, nuevamente el silencio; yo ahí aguantandome y aquí el o la colega de turno rajándose sin pudor alguno. En fin si es que hay gente sin educación. Me puse los tapones de los oidos y ya no oi nada más hasta el día siguiente, que no tardó en llegar pues a las 5 de la mañana empezamos a movernos ya que, como dije antes, el calor era insoportable.
- Día 13, Mérida - Cáceres
Rápidamente nos vestimos y salimos de aquel albergue infernal. Ya en la calle con el fresquito de la mañana, atamos las alforjas a los portabultos de las bicis y pusimos los pulpos elásticos en las alforjas para que quedase todo bien sujeto.Un grupo de tres ciclistas partió antes que nosotros. Llevaban luces en el casco y chalecos reflectantes. Después salimos nosotros. Nos despedimos de otro par de ciclistas que quedaban por salir y emprendimos la marcha. Era de noche y hacía fresquete, tal vez demasiado para cómo íbamos ataviados, pero tras pedalear un poco entrábamos en calor.
Al principio nos costó un poco encontrar la N-630, carretera que discurre paralela a nuestra añorada Vía de la Plata. Tuvimos que entrar en la plaza mayor de Mérida donde dos paisanos junto a un kiosko nos informaron bien. Gracias a sus indicaciones, llegamos finalmente a la N-630. El libro guía que llevábamos nos dijo que continuasemos por la carretera hasta ver un pórtico de una zona de tiro al arco. Tras 12 km lo encontramos. El libro nos indicaba que teníamos que bordearlo por un camino, pero este camino estaba cercado. Como no teníamos muchas alternativas, decidimos saltarlo con las bicis. Hay que decir que una bici cargada con casi 10 kg de alforjas pesa un huevo, pero aún así lo conseguimos. Ya dentro del camino continuamos hasta una cerca que podía abrirse, tras la cual nos encontrábamos con “una encina solitaria”, tal como rezaba el libro. Íbamos bien. Como estaba algo dificil de verlo, marcamos cen el suelo la palabra “JAVI”, para que nuestro compañero, que llegaba a Mérida en el tren de las 10, supiese que habíamos pasado por allí.
Un poco más adelante, encontramos más flechitas amarillas, e incluso un monolito con inscripciones de la Via de la Plata que nos explicaba el significado de los colores de las distintas baldosas. La amarilla era de senderos, la azul no se recomendaba porque era de calzada romana no muy transitable para bicicletas. Lo mejor, decía el monolito, eran las baldosas amarillas y azules. Pero al llegar al miliario VI, no supimos qué camino tomar, puesto que había 3 caminos y, precisamente el que decía el liobro de seguir, estaba cortado. Finalmente seguimos la baldosa amarilla, pero entramos en una zona de caminos que se bifurcaban por doquier. Después de mucho deambular acabamos de nuevo en la carretera. De esta forma, llegamos a Aljucén, donde paramos para desayunar.
El sitio se llamaba “Kiosko el Parque”. Había una pareja de senderistas italianos que se dirigían a Salamanca. Aalberto se pidió una entera de paté y yo una entera de mantequilla y mermelada. Acompañamos el desayuno con dos cola caos. Mientras desayunábamos pasó junto al bar un grupo de 4 ciclistas, que veríamos más adelante.
Después de pagar y de despedirnos de los italianos con un peculiar “ciao”, reanudamos la marcha. A partir de aquí los caminos estaba muy bien señalizados. Saliendo de Aljucén, dejamos a la izquierda una gasolinera y encontramos un camino. Lo seguimos y entonces nos llamó Javi, que acababa de llegar a Mérida. Le indicamos que cogiera directamente la N-630 hasta Aljucén ya que nosotros perdimos hora y media deambulando por caminos para, al final, aparecer en la misma carretra.
Mientras hablábamos con Javi, pasó al lado nuestro un grupo de 4 ciclistas que habían pasado la noche con nosotros en el albergue. Nos preguntaron si necesitábamos algo y, al comprobar que todo estaba bien, prosiguieron su marcha.
Al poco tiempo nosotros nos pusimos a pedalear también. Hicimos un par de fotos aprovechando los paisajes y luego cojimos a un grupo de otros 4 ciclistas que también eran peregrinos. Éstos venían de Menorca. Habían llegado a Madrid en avión y luego se dirigieron a Mérida en autobús. Pretendían llegar a Casar de Cáceres en el día, hacer 115 km al día siguiente y otros 106 el siguiente. Alberto y yo les acompañamos unos cuantos kilómetros, pero tras subir una pendiente algo intensa se quedaron atrás y ya, nunca más se supo de ellos. Nosotros continuamos la marcha y cogimos a los que vimos cuando estábamos desayunando en Aljucén, que también habían dormido en el abergue. Uno a uno les fuimos pasando y a cada uno le decía “hola” educadamente pero en ningún caso recibí respuesta. Decidimos bautizar a este grupo, formado por 3 chicos y una chica, como “los antipáticos”.
Dejamos a “los antipáticos” y descendimos por un camino largo y muy cómodo donde empezaron a acompañarnos unas zarzas. El camino desembocaba en Alcuescar.
Nos detuvimos al final de una cuesta que atravesaba el puerto, en un cruce. No sabíamos si tirar a la derecha o a la izquierda, en esto que vemos a “los antipáticos” viniendo por la izquierda. Un poco más atrás, escondida en una señal, una flecha amarilla indicaba que había que girar hacia la izquierda. Después que pasaron “los antipáticos” fuimos por donde ellos habían venido. Vimos otras señales más adelante y nos desentendimos del libro que llevaba encima.
Pasamos junto a un lago y nos hicimos unas fotos en una encina. Al poco, llegamos a un pueblo llamado Casas de don Antonio, peculiar porque aun conserva un puentecito romano en perfecto estado. Mientras cruzábamos el pueblo nos volvió a llamar Javi. Se encontraba lejos aún, a unos 25 km de donde estábamos nosotros.
Salimos del pueblo y, siempre siguiendo las flechas amarillas pintadas en los muros, señales o incluso árboles del camino, llegamos a una fuente. Paramos para rellenar los bidones y darnos un buen remojón con la cabeza bajo el grifo. Después encontramos un tramo en el que la baldosa era azul y amarilla, es decir, que pasaba junto a la calzada romana auténtica.
El calor empezó a apretar a la una y el camino se volvió muy árido. A lo lejos divisamos un pueblo que resultó ser Valdesalor. Paramos allí un momento y nos tomamos un Aquarius bien fresquito y un vaso de agua con hielo. Tan sólo nos quedaban 10 km para llegar a Cáceres, así que reanudamos la marcha. Este último trecho se nos hizo un poco largo, pero después de una jornada de ocho horas y media de bicicleta y mucho sol, llegamos a Cáceres.
Lo primero que hicimos fue ir a comer. Traíamos mucha sed y nos metimos en un Burguer King que está en el paseo de Cánovas. Alberto se pidió un menú doble whopper gigante con coca-cola y yo un menú angus gigante también con coca-cola. Aún así, luego me levanté por otro par de coca-colas gigantes.
Después de comer buscamos el albergue, pero por lo visto no había. El más cercano se encontraba en Casar de Cáceres pero eso estaba a unos 15 km más allá y ya habíamos pedaleado suficiente este día. Miramos en el libro en busca de hostales y al final encontramos uno llamado Al-Qaezar, de una estrella pero de una calidad de tres. Una habitación con 3 camas, televisión, aire acondicionado y ducha. Al ratito de tumbarnos en las camas llegó Javi, también cansadísimo porque se había tragado todo el sol. Nos duchamos y salimos a dar una vuelta por la ciudad.
Fuimos a la Plaza Mayor y allí, en un bar, nos pedimos 3 bocadillos. Yo me comíuno de jamón ibérico de bellota que me costó la ultrajante cantidad de ocho euros y tampoco estaba como para tirar cohetes. Alberto y Javi se comieron uno de bacon con queso.
Cuando estábamos llegando a Cáceres, noté una molestia en la parte posterior dee mi rodilla derecha y cuando se lo comenté a mis amigos me dijeron que a ellos también le había pasado lo mismo, solo que en su caso les dolía de verdad. Estuvimos comentando la posibilidad de abandonar, aunque era muy triste tan pronto y en una ciudad como Cáceres. Javi se tomó un Spidifen después del bocadillo y se le alivió el dolor.
De vuelta en el hostal, lavamos la ropa y la tendimos para que estuviera limpia y seca por la mañana. Aquella noche dormimos genial, con nuestro aire acondicionado parecíamos auténticos señores, después de una dura etapa de 85 km. Alberto y yo nos tomamos un Spidifen cada uno; él por su dolor en la parte anterior de las rodillas y yo porque, quizás debido al sol, me dolía la cabeza. Dormimos como lirones.
- Día 14, Cáceres - Casar de Cáceres
Por la mañana Javi se encontraba mejor, pero le seguía doliendo la parte anterior de la rodilla. Alberto empezó a vestirse y me contagió el entusiasmo. Cuando ambos estabamos ya casi a punto, Javi se animó incluso después de comentar que él se quedaba en Cáceres un día más.Sacamos las bicicletas a la calle y antes de ponernos en marcha, limpiamos y engrasamos la cadena de nuestras bicis. Al empezar a rodar, estuvimos buscando la manera de llegar por caminos a Casar de Cáceres, nuestro próxim destino, pero nos perdimos y acabamos en un recinto de obras donde estaban construyendo una carretera nueva. Sin saber cómo salir de allí pues todo estaba vallado, decidimos dar la vuelta cuando apareció una furgoneta que resultó ser de la obra. Nos abrió la puerta y pudimos salir al camino. Éste nos llevó a unas granjas pero volvimos a perdernos y preguntamos a un granjero. Nos explicó que el camino continuaba siempre recto y que luego se unía a la carretera para llegar a Casar de Cáceres. Seguimos sus indicaciones y, escondida tras una barra, hallamos una flecha amarilla propia de la vía de la plata, escondida en un portón por donde pasa el ganado. Ya estábamos más tranquilos. Como dijo el granjero, al poco de dejar los caminos agrarios, encontramos la carretera y llegamos al pueblo.
Nos detuvimos en una bar a desayunar y luego fuimos a una farmacia para comprar anti-inflamatorios para Javi y Alberto. Yo quería comprar gelocatil porque me seguía doliendo la cabeza.
Encontramos la farmacia super escondida en un callejón pero la farmacéutica no quiso venderles los anti-inflamatorios ya que dijo que necesitaban receta médica, así que fuimos al centro de salud. Yo me quedé fuera y aproveché para actualizar mi diario, aunque hoy es jueves y aún estoy contando lo del lunes.
Cuando salieron del centro de salud fuimos directamente a la farmacia y yo me compré el gelocatil. Ya eran las doce y media de la mañana y decidimos quedarnos a descansar en el albergue para peregrinos del pueblo porque hacía demasiado calor para ponerse a hacer otros 60 km.
Alberto pidió las llaves del albergue en el bar Majuca, junto al ayuntamiento. Entró por la puerta principal del albergue y subió unas escaleras. Al final había dos puertas enfrentadas, pero las llaves no pudieron abrir ninguna de ellas. Bajó y nos dijo que no pudo abrirlas. Subí yo y lo intenté, pero tampoco pude abrirlas, así que llamé a la puerta de la derecha y al rato me abrió un ciclista. Habían cerrado y dejado la llave puesta en la cerradura y por eso no podiamos abrir.
Subimos las bicicletas, nos cambiamos y nos fuimos a tomar unas cervezas fresquitas a un bar. De paso, comimos. Luego volvimos al albergue, Javi se echó una siesta mientras que Alberto y yo nos pusimos el bañador y fuimos a la piscina del pueblo. Fue una tarde estupenda.
Javi compró magdalenas y batidos para desayunar y luego además compramos una pequeña torta del Casar para cenar, además de chorizo ibérico y salchichón. Nos sobró queso y lo dejamos encima de la mesa del comedor del albergue, aunque luego Alberto dijo que si él fuese un peregrino no comería de ese queso.
La noche estuvo algo alterada. Para empezar, teníamos en frente al ayuntamiento, con una campana que tocaba todas las horas y también las medias. Hubo un rato en que unos imbéciles se pusieron a hacer botellón en los bancos que había frente al albergue. No recuerdo la hora, pero pegaron unas buenas voces y a más de uno nos despertaron. En uno de esos momentos sonaron tres campanadas, así que pensé que serían las tres de la mañana. Después, me dormí.
- Día 15, Casar de Cáceres - Galisteo
Mañana tranquilita. Todos los peregrinos que allí dormimos nos levantamos más o menos a la vez. Era curioso vernos desayunando todos juntos. Las bicicletas de Javi y Alberto tenían las ruedas traseras desinfladas, así que tuvieron que cambiar las cámaras.Salimos ya con el sol totalmente visible en lontananza. Pasamos por la ermita de Santiago y continuamos por una calzada recta, paralela a la vía de la Plata. La seguimos un trecho largo, hasta que llegamos a un alto desde el que podíamos vislumbrar el enorme cauce del Tajo. Allí mismo, entre caminos y llenos de vegetación, nos dio un apretón a Alberto y a mí. Tuvimos que hacer uso del poco papel higiénico que nos quedaba. El mamón de Javi nos cogió por sorpresa y nos hizo sendas fotos a Alberto y a mí, pero no se vio nada.
Fuimos paralelos a la carretera hasta que nos unimos a ella para cruzar el ancho río. Rodamos sobre sus aguas tres veces. Luego proseguimos por la carretera hasta llegar a Cañaveral, momento en que nuestro camino se desvió hacia Galisteo para buscar refugio. A este pueblo llegamos sobre las dos y media de la tarde. Nos atendió una mujer muy agradable y conocimos a Regina, una peregrina alemana que había sufrido una lesión en una rodilla. Nos duchamos y lavamos la ropa. Luego fuimos al pueblo a sacar dinero y buscar algo de comer, pero antes aproveché para llamar a mi hermana para felicitarle por ser su cumpleaños.
Entramos en el amurallado pueblo y llegamos a la plaza mayor. Estaban en fiestas y casi todos los bares estaban cerrados. El cajero, de caja Extremadura, estaba fuera de línea.
Salimos de la muralla y bajamos una cuesta hasta casi la entrada del pueblo. Allí había un restaurante en el que a las cinco de la tarde nos dieron de comer. Después volvimos al albergue y nos echamos una siesta, aunque yo no pude dormir bien porque mi cama era un campo de minas para mi espalda. Más tarde me fui a otra habitación con una cama para mi sólo en la que descansé, aunque ya no me dormí, pero estuve actualizando mi diario.
Por la noche volvimos al pueblo y compramos comida para el desayuno. Dimos una vuelta por lo alto de la muralla y echamos unas vistas a los paisajes que desde allí se divisaban. Después regresamos al albergue y nos acostamos pronto. Lo mío fue cerrar los ojos en mi cómodo colchón y… dormir.
- Día 16, Galisteo - Aldeanueva del Camino - Peromingo
La mañana en Galisteo no pudo empezar de mejor manera: a Alberto se le ocurrió la feliz idea de despertarme urgándome con un dedito en la oreja. Pensé que era un bicho, pero cuando abrí los ojos y le vi deternillandose de la risa, le solté un sopapo bien merecido en la pierna. Bonita forma de comenzar el día, sí señor.Desayunamos lo que compramos la noche anterior, nos vestimos, nos despedimos de Regina y partimos de nuevo. Esta vez nuestro destino era Aldeanueva del Camino. Cogimos unos caminos siguiendo las flechas amarillas. Los lugareños llaman a estos caminos “cordeles”. Hubo un momento en que decidimos ir por carretera para adelantar y desde el asfalto veíamos cómo se complicaba el cordel. De hecho, en lo alto del mismo vimos a tres compañeros ciclistas que iban andando de lo empedrado que estaba todo.
Llegamos a una gasolinera donde preguntamos a una pareja de la guardia civil si íbamos bien hacia nuestro objetivo. Me terminé un paquete de magdalenas que teníamos en la reserva de comida para todos y proseguimos la marcha. Fuimos por una carretera que era todo cuesta abajo, lo cual agradecimos. Después cogimos de nuevo la nacional, aunque nos tragamos una flecha amarilla y por poco terminamos en la autovía. Desde el asfalto de la misma se podía ver claramente un cordel paralelo, así que supusimos debía ser por allí. Como no podíamos volver sobre nuestros pasos, decidimos saltar la valla bicicletas en mano. Una vez en el cordel, Alberto se adelantó mientras yo me quedaba curandome el pulgar de la mano derecha ya que me lo clavé al saltar la valla. Al rato volvió para decirnos que por allí no había camino. Dimos marcha atrás por el cordel hasta que llegamos a un cruce, esta vez sí, marcado con una bonita flecha amarilla. Después de un par de km llegábamos por fin a Aldeanueva del Camino.
Nada más entrar buscamos un sitio donde comprar embutidos y pan para hacernos unos bocadillos, pero no teníamos dinero así que buscamos un cajero. Encontramos uno de caja Extremadura, que no funcionaba. Luego encontramos otro del banco Santander y esta vez sí funcionaba. Volvimos a la tienda de embutidos, que ya estaba a punto de cerrar, y compramos dos panes, chorizo, coca-colas y aquarius. Empezó a chispear y hacía fresquete. Al lado de la tienda de embutidos había un parque e intentamos comer allí, pero ya llovía con un poco más de intensidad. Buscamos refugio en un bar, pero todos cerraban en breve porque en el pueblo estaban de fiestas, aunque el último nos remitió al albergue de peregrinos. Tontos de nosotros por no haberlo pensado antes, fuimos siguiendo las indicaciones que nos dieron para llegar al mismo, que no estaba lejos.
Las llaves del albergue las tenía Balbina, una señora muy amable que vivía dos puertas más abajo del albergue, en un portal con un tejadillo encima. Su marido falleció cuatro meses ha; se notaba que le echaba de menos.
Comimos en el albergue, nos echamos una buena siesta y, al despertar, Alberto y Javi decidieron llegar a Peromingo, el pueblo de Alberto, que estaba a 34 km y había que atravesar el puerto de Béjar. Yo lo consideraba una auténtica imprudencia, pues ya eran las seis y media de la tarde y amenazaba con llover. Pero aun así, salimos hacia allí.
Nunca, durante todos los días que habíamos hecho el camino, me había sentido tan sumamente cansado como aquella tarde. Alberto y Javi tiraron para adelante y me dejaron muy atrás. Me esperaron en Baños de Montemayor. Pensé que si con unas cuestecinas de nada iba a ir así de mal, no sería capaz de subir el puerto de Béjar. Les dije que nos quedaramos allí, pero no hubo forma, estaban encabezonados con llegar a Peromingo. Alberto llamó a su madre para que viniera a recogerme y así fue. Javi y Alberto subieron el puerto de Béjar, con tromba de agua incluida, los coches y camiones pasandoles a medio metro, echandoles todo el agua y casi sin visibilidad. Llegaron a las nueve y cuarto de la tarde, calados. Yo por algo así no me juego la vida.
En estas circunstancias, me planteé seriamente abandonar, ya que con machadas como esta te quemas en seguida. Pero finalmente continué.
Vimos la tele en la casa de Alberto en Peromingo, cenamos y nos acostamos pronto.
- Día 17, Descansando en Peromingo
Aquella noche sí que dormimos bien. Yo me desperté una vez a eso de las ocho menos cuarto, quizás por la costumbre, pero luego me volví a dormir. Así hasta las once y media más o menos, momento en que me despertó Javi. Luego despertamos a Alberto y bajamos a desayunar.Dimos una vuelta por el pueblo. El bar estaba cerrado. Caminamos un rato por la carretera que habríamos de tomar el día siguiente y vimos una charca. Estaba llena de patitos buceadores y ranitas muy pequeñas. También había un tortugón enorme tomando el sol sobre una piedra, pero cuando fui a echarle una foto se zambulló en el agua.
Volvimos para comer. Prudencia, la madre de Alberto nos preparó unas albóndigas muy ricas. También estaba el abuelo de Alberto, José, que andaba ya un poco sordo y había que hablar en un tono más elevado. Después nos echamos una siesta cojonuda. Luego, Alberto cogió el coche de su madre y bajamos a Béjar.
Béjar está en un valle rodeada por montañas. Antes Alberto iba mucho por allí, cuando era más jovencito. Sacamos dinero y nos fuimos de compras. Alberto se compró un chandal de color blanco. Luego entramos en la tienda de bicicletas Cubino e hicimos la compra que nos faltaba. Yo me pillé unas perneras que bien las usé en los días siguientes y también compré un led luminoso, porque el que tenía apareció destrozado al término de una etapa. También me compré un impermeable de color negro muy chulo. Javi se compró otro impermeable de color amarillo chillón, mientras que Alberto se compró unas perneras de Etxeondo iguales que las mías.
Echamos el resto de la tarde de cañas. Algo mosqueados nos quedábamos ya que en estas tierras no es propio que te pongan tapas. Tomamos unas cañas en un bar y luego otras en otro bar. Luego volvimos a Peromingo.
Prudencia nos dejó preparada la cena: unas deliciosas empanadillas. Más tarde supimos que también nos había dejado hecha una tortilla de patatas, pero no la vimos ya que se encontraba tapada por una servilleta. A esas horas sólo pensábamos ya en dormir.
Tras la cena, subí un momento a la habitación a preparar la ropa para el día siguiente. Mientras, Alberto y Javi se quedaron en el salón viendo a los Morancos. Prudencia había salido a dar una vuelta pero en cuanto regresó, bajé para despedirme de ella y de José, el abuelo.
Con todo, fue un día de relax muy productivo.
- Día 18, Peromingo - Salamanca
Cuando suena el despertador a las seis y cuarto de la mañana, yo no me quería levantar, jeje. Pero un nuevo día de bicicleta nos esperaba. Salamanca estaba ahí a tiro de piedra y no podíamos llegar mu tarde.Los caminos que tomamos estuvieron constantemente amenazados por la lluvia. Cogimos tramos de carretera para ir más ligeritos. Javi nos dijo que estta etapa iba a ser muy llana, pero cuando tuvimos que bajarnos de las bicis para subir por un camino de tierra suelta con muchas piedrecitas, muy empinado, nos chingamos en sus muelas. El camino conducía a unos molinos de viento y, desde esa altura, echamos unas fotos panorámicas.
El descenso fue igual de empinado y lleno de pedruscos, así que tuvimos que ir frenando casi constantemente. Volvimos a tomar la carretera y, tras atravesar un pueblecito de cuyo nombre no puedo acordarme, nos paramos para ver si íbamos por el camino correcto. En ese momento nos adelantó una pareja de ciclistas, un chico y una chica, también peregrinos.
Al continuar la marcha, ya siempre por carretera, estuvimos persiguiendo a la pareja. Le daban caña también, pero rodando a una velocidad de entre 40 y 50 km/h, con el viento a favor eso sí y en llano prácticamente, acabamos cogiéndoles y les pasamos.
Continuamos con esa media durante unos doce km, hasta llegar a la periferia de Salamanca. Al entrar en Salamanca el cielo volvió a nublarse. Suiguiendo el libro guía que llevábamos, nos dirigimos al primer albergue que señalaba. Al llegar, preguntamos el precio y nos sorprendió que nos dijera que costaba 12 euros más un euro y medio a parte por cada bicicleta, que además tenían que quedarse en un garage “familiar”. Llamamos al otro albergue que venía en la guía y costaba más o menos lo mismo, solo que un poco más barato, por lo que nos dirigimos hacia allí. Afortunadamente, cuando preguntamos a un ciudadano por la dirección, nos dijo que había un albergue para peregrinos cerca de la catedral, en el Patio Chico, así que cambiamos nuestro rumbo de nuevo. Mientras tanto, comenzó a chispear. El Patio Chico estaba muy bien escondido y casi nadie de todos a los que preguntamos supo decirnos dónde estaba. Rompió a llover con más fuerza y nos refugiamos bajo un porche. Miramos la plaza que yacía ante nosotros y allí estaba, el Patio Chico; ya estábamos cerca. Habían con nosotros otras tantas personas que se habían refugiado igualmente del agua. Una de esas personas, un chico de unos doce años, nos dijo que el albergue que buscábamos estaba a la vuelta de la esquina. Hartos de esperar a ver si amainaba, cogimos las bicis y nos dirigimos donde el muchacho nos había indicado. Dimos la vuelta a la esquina y, un poquito más abajo ahí estaba, el albergue de peregrinos.
Nos recibió una chica muy maja, hospitalera, aparcamos las bicis, quitamos las alforjas y subimos a la habitació para cambiarnos, pues eran ya casi las dos y de dos a cuatro el albergue cerraba sus puertas. Sin poder ducharnos bajamos Javi y yo ya cambiados al hall. Entonces conocimos a Jacinto, el otro hospitalero que relevaba a la chica.
Impactantemente simpático y ameno, Jacinto nos enseñó el resto del albergue. Aprovechamos para que nos sellara las credenciales. Alberto no había bajado aún y Javi estaba en el baño, así que estuve yo sólo a la hora de que nos sellara las credenciales. Digo esto porque Jacinto me dijo que uno de nosotros iba a ser el “peregrino 3000″ y me dijo que pensara bien quién iba a serlo porque aquél elegido tendría una sorpresa, aunque no quiso darme detalles. Saqué las credenciales de la funda de plástico en la que las llevo siempre y, tal y como salieron, así le dije a Jacinto que ibamos a ir “entrando” en el registro del albergue. Justo después, le dije que el peregrino 3000 se lo cedería a Alberto por ser el más pequeño, pero aún así, su credencial estaba en tercer lugar, así que le hubiera correspondido de todos modos.
Cuando Javi volvió del baño y Alberto bajó de la habitación, nos fuimos a comer. Jacinto nos recomendó el comedor de la residencia universitaria Fray Luis de León y allí que fuimos. Me llevé el impermeable y las perneras, pues seguía lloviendo y no quería pasar frío. Ya lo decía mi abuela: “ande yo caliente, ríase la gente”.
Tras subir alguna cuestecita que otra y preguntar a algún estudiante que otro, llegábamos por fin al mencionado comedor. Escogimos dos primeros, un segundo y un postre, acompañados por todo el agua y vino con casera que quisiéramos, por el increíble precio de 3′5€.
A la vuelta un poco más de lluvia nos acompañó. Habíamos hecho un poco de tiempo en la cafetería de la residencia con un café, llegando de nuevo a la puerta del albergue a las 4 en punto. Jacinto no tardó en abrirnos. Nos dimos una ducha, lavamos la ropa y nos fuimos de nuevo a visitar Salamanca.
Hicimos un montón de fotos, visitamos los principales monumentos y volvimos para las 9 de la noche. Jacinto nos había dicho que también podíamos cenar en la residencia y no desaprovechamos la ocasión. Pero cuando volvimos al albergue estaba otra vez la chica hospitalera. Nos dijo que había venido una periodista del periódico La Gaceta, para hablar con el “peregrino 3000″, pero como no estábamos se fue. De todos modos, obsequió a Alberto con una ranita de barro pintada, típica de la ciudad.
Nos fuimos a cenar a la residencia. 3′25€ por un primero, un segundo y postre: demencial. Regresamos al albergue y nos acostamos.
- Día 19, Salamanca - Zamora




Actualizado hasta el día 18, etapa Peromingo - Salamanca
June 4th, 2007 at 08:42